DEMOCRACIA: ¿Una Unión despótica ilustrada?

La Unión Europea ha ido adquiriendo poco a poco la aceptación y el apoyo de la mayoría de la sociedad y de las élites gobernantes. Así, una organización internacional que nació a mediados del siglo XX con una finalidad mayoritariamente comercial ha adoptado progresivamente competencias en muy distintas áreas que los Estados han aceptado en delegar a la Unión Europea.

La estructura de la Unión Europea se puede representar en el llamado “triángulo institucional”. En el cima aparece el Consejo, formado por los representantes de los gobiernos nacionales. El Parlamento, que representa a los ciudadanos de la Unión, y la Comisión, el “ejecutivo”, conforman los otros dos vértices. De estas tres instituciones, sólo una, el Parlamento Europeo, tiene legitimidad “de origen” ya que cada cinco años se elige en sufragio universal a sus integrantes. Los miembros del Consejo son elegidos directamente por cada gobierno y la Comisión se designa de común acuerdo en una Cumbre de Jefes de Estado y de Gobierno, debiendo después contar con el voto de confianza del Parlamento. A grandes rasgos, la Comisión es la responsable de proponer la regulación de temas (el “poder de iniciativa”) y de ejecutar la política europea. Parlamento y Consejo son quienes aprueban las normas comunitarias.

Fotografía: © European Parliament/Pietro Naj-Oleari

El sistema, al menos sobre el papel, parece que debería funcionar bien. Sin embargo, a medida que se profundiza en él, su complejidad aumenta. Aunque el Consejo y el Parlamento deciden juntos las normas que se aprueban, el último tiene mucho menor peso y poder político. Al contrario que en los sistemas nacionales, la última palabra no recae sobre el Parlamento -los representantes de los ciudadanos-, sino sobre el Consejo, que es elegido por los gobiernos nacionales. Esta situación, se agrava aún más teniendo en cuenta que la abstención electoral ha sido cada vez mayor desde 1979. Los ciudadanos parecen no conocer o no importarles su representación directa en la Unión Europea. Hay quien propone, por ejemplo, que se podría luchar contra este descenso participativo mediante el voto electrónico.

La Comisión Europea juega un rol primordial en la Unión. No es elegida directamente por los ciudadanos y es, sin embargo, la Institución que pone en práctica lo que la Unión Europea es. En una Bélgica enfrascada desde hace décadas en una Guerra Fría sobre su identidad nacional, Bruselas es ocupada por un ejército burocrático cuya transparencia y eficacia es puesta, con cierta frecuencia, en duda. Los planes de trabajo y los programas comunitarios son elaborados a menudo por comisiones cuya composición se hace raramente pública. La comunicación con la sociedad sobre lo que se está trabajando suele ser bastante frustrante. Afortunadamente la página web de la Unión Europea es una herramienta de documentación de primera categoría que académicos y medios utilizan a diario, pero la información sobre temas actualmente “en cocina” está muy a menudo desactualizada o incompleta.

La dificultad del funcionamiento y la estructura de la Unión Europea representa otro gran obstáculo. Casi media docena de personas representan a la Unión en según que momento y  que área. Una sobrerrepresentación que confunde a muchos y eso que aún no existe un cargo de “Presidente de la Unión Europea” (nota: Van Rompuy lo es del Consejo Europeo). La política exterior y de seguridad, y hasta hace poco la cooperación judicial, se realiza sólo dentro del Consejo de la Unión, quedando Parlamento y Comisión al margen. Además, orbitan el “triángulo institucional” más de una decena de Instituciones, Órganos y Agencias cuya función es específica a algunos campos (Tribunal de Justicia, Banco Europeo), de carácter consultivo-representativo (Comité Económico y Social, Comité de las Regiones) o técnico.

En el fondo es un problema de distancia con el ciudadano y de “la utilidad” que hacen los políticos nacionales de la Unión Europea. Mejor comunicación y más educación sobre que hace, lo que puede y que no puede hacer la UE debería ser prioritario. Algunas iniciativas, como Presseurop, un portal multilingüe de sindicación de artículos en prensa, parecen ser buenos pasos en esta dirección. Respecto al uso que hacen los políticos nacionales, Araceli Mangas señala:

“Los políticos se apropian los éxitos de la Unión como logros de la política nacional y, en cambio, problemas propios se los imputan a Europa -«la culpa es de Bruselas», se suele decir-.Los políticos viven en una órbita lejana y sólo les preocupan sus cotas de poder, sus astronómicos sueldos y gabelas fundados en la dignidad de sus funciones como si las nuestras, nuestros trabajos, fueran indignos. La ciudadanía percibe en toda Europa que no se cuenta con ella; a nuestros políticos, en su gran mayoría corruptos de una forma u otra, los de aquí y los de Europa, sólo les preocupa de vez en cuando contar a la gente, pero no contar con la gente.”

Al margen de sus efectos beneficiosos, el ejemplo reciente de cómo se aprobó el Tratado de Lisboa debería ser una llamada de atención para los gobernantes. La Constitución Europea naufragó tras el no francés y holandés y el Tratado de Lisboa, un refrito aligerado simbólicamente de la Constitución, casi lo hace con Irlanda. Quizás los gobernantes estén tomando decisiones correctas respecto a lo que podemos ser y lo que tratamos de evitar,  pero al hacerlo sin una participación real y directa de los ciudadanos, una Europa burocratizada en exceso, se arriesga a caer en un gobierno quizás caracterizado de democrático, pero cuyo lema podría resumirse en un “todo para el pueblo, pero sin el pueblo”.

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